Catalina Capitanich dice en aquél libro
precioso que escribió, que con el primero de sus muertos en estas tierras,
aquéllos hombres pagaron el derecho a vivir sobre ella. Sin dejar de ser Montenegrinos,
comenzaron a ser algo que ignoraban: Chaqueños.
Porque nuestros muertos pagaron el precio de
nuestra nacionalidad y compraron con lágrimas la tierra que hoy habitamos, y
sus huesos son el polvo de nuestros terraplenes, algarrobos de los montes y
fibra de los algodonales, Dúrmitor es y será el obelisco de aquél pasado
laborioso y soñador donde se casaron, bautizaron a sus hijos y tuvieron que
velar a sus muertos.
Dúrmitor es la montaña de Yugoeslavia que por
imposibilidad de ser trasladada hasta América tuvo que refundarse en estas
tierras; y sobre todo, Dúrmitor es un desafío para que de esas mismas ruinas
adorables y sagradas, nosotros, los que hoy estamos, levantemos los ladrillos
de algo con lo que hubieran soñado aquéllos que nos antecedieron.
Tal vez una escuela secundaria, tal vez un
hospital… no sé. Algo más que ladrillos por el suelo y puertas golpeándose al
sol de nuestro amado Chaco. Nos lo merecemos, se lo merecen ellos.






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